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Teodosio Magnoni. “Habitus/Habitare”

Cortesía: Gangemi Editore, Galleria Anna Marra, Roma. Foto: Simon d’Exèa

Palacio Quintanar. Segovia

Comisariado: Pedro Medina

Hasta: 27 de marzo de 2022

La exposición ha contado con la colaboración del Instituto Italiano de Cultura.

Referente en Italia, su país, pero escasamente conocido en el nuestro, se presenta en Segovia, en el Palacio de Quintanar, una inteligente aproximación a la trayectoria de Teodosio Magnoni (1924 – 2021), quien, en las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo, formó parte de aquella relectura de la obra tridimensional como activadora del espacio, una transformación del vacío como forma poderosa desde la ausencia de materia, heredera de maestros como Gargallo y Julio González, de quienes Picasso extraería transcendentales lecturas para su obra.

El recorrido se abre con una obra, “M-Misterio”, de 1962, seductora y desconcertante, trampantojo raro y, a la vez familiar. Recuerda a Fontana con sus grietas impresas desde la superficie hacia la percepción y la mirada. Se trata de una pieza que nos pone sobre aviso respecto al lugar en el que entramos y las sorpresas que nos aguardan. Su irregularidad, la mancha, tras el metal, se aleja de la mirada y, también, de las coordenadas minimalistas de la época. Elige otro camino. Inestabilidad e incertidumbre, negrura, vacío, reflejo. Sensualidad en ese recorte imperfecto, huella de la mano.

Magnoni realizó una travesía hacia la desmaterialización de las cosas, de las formas, hacia una inseguridad envolvente. Paso desde la representación de la superficie de la pintura a la complejidad de los juegos con el espacio sin prescindir de su mirada de pintor.

El artista se formó en Bérgamo y Ravena, más tarde viajó a España -tras las huellas de Picasso-, luego a Suiza, Holanda y Suecia. Una exposición sobre arte cinético en 1961 le marcó de manera decisiva para reinterpretar la forma en el espacio desde una nueva perspectiva, desde la dinámica, que modificará su manera de pensar y hacer arte.

Uno de los momentos fuertes de la exposición, mejor sería decir intensos pues se basa en la más absoluta ligereza, es un dibujo en el aire apenas materializado mediante unos hilos que trazan una geometría vertical, desde un círculo a un cuadrado, apenas un dibujo, leve, acotación de un pedazo de aire, de incerteza, de misterio…

Un vídeo, con una extensa entrevista que acompaña y nos acerca a la personalidad del artista, nos muestra buena dosis de la ironía que era parte sustancial de su personalidad, en él habla del momento en el cual fue consciente de que su pintura se había vuelto demasiado seria, demasiado “dramática” y que al contemplar la citada exposición sobre arte cinético decidió dar un giro a su obra, salir del plano e involucrar el espacio como parte sustancial de la obra. En realidad la exposición no muestra sus exploraciones cinéticas sino el salto a la comprensión de cómo el vacío podía asumir la misma densidad y espesor significativo que la propia materia.

En la exposición de Segovia, que consta de 57 obras, no se muestra sus experimentos cinéticos sino la asunción de cómo la forma puede integrar el vacío y la posición del espectador como activador de la obra. Pero la materia, como el artista señala adquiere una relevancia mínima, apenas corpórea como chapa que se pliega en formas geométricas.

Abundan las bicromías del negro denso y el brillo del metal, que a veces funcionan como espejo que nos absorbe e integra. También aparecen aquí sus experiencias más tardías con el color, fundamentalmente el rojo.

Como el silencio al lenguaje, esos espacios vacíos dan sentido a la densidad del lugar ocupado.

Especialmente intensa es la sala, que podemos denominar de las maquetas, ahí, unas junto a otras en evolución, aparecen las pequeñas formas sólidas que avanzan en sucesivas series hacia la desmaterialización. Junto a estas vitrinas el emocionante material documental muestra alguna de sus grandes obras para el espacio público como la coloreada en un intenso naranja que se ubicó en el aeropuerto romano.

Pedro Medina, comisario de la exposición, ha prescindido de los momentos de indefinición, de búsqueda y tanteo del italiano para centrarse, de manera inteligente en sus hallazgos firmes, demostrando así su especial sensibilidad e inteligencia para leer el arte y la estética del último siglo y de la actualidad.

Magnoni, que trabajó intensamente en este proyecto de Segovia, falleció unas pocas semanas antes de inaugurarse esta exposición, su hijo colaboró junto a él y al lado del comisario. Hay que felicitar a esta institución que, sin ruido, ofrece interesantes propuestas, y también al equipo que, junto a Medina, ha logrado un impecable montaje -perfectamente adaptado a cada sala- de esta interesante lectura del artista italiano.

Alicia Murría

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