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Bienal de Venecia 2022 (Parte III): Relación entre cultura, empresa y ciudad

Por: Pedro Medina |

Una ciudad con un patrimonio artístico tan impresionante como Venecia añade a sus atractivos una oferta en arte contemporáneo difícil de igualar. Además de lo ya citado hasta ahora, hay que contar con los eventos colaterales de la Bienal, los magníficos museos venecianos y las cada vez más numerosas fundaciones. Todo ello propicia que a pocos metros de distancia se pueda disfrutar de una extraordinaria concentración de artistas célebres, como Anselm Kiefer o Anish Kapoor. He aquí un resumen del abrumador programa expositivo de Venecia.

Eventos colaterales de la Bienal

Como todos los años, muchas instituciones logran vincular su nombre y proyectos al escaparate global que es la Bienal de Venecia, produciendo exposiciones que son incluidas en su programa, al margen del ya nutrido número de países que participan en la sección oficial. El resultado es un mapa de la ciudad repleto de posibles visitas culturales. Entre los eventos colaterales, destacamos los más sobresalientes por su calidad o novedad en esta edición.

El ya habitual de Cataluña presenta un original sistema de bombeo, ideado por Lara Fluxà y Oriol Fontdevila, que extrae agua del canal cercano para que fluya dentro de un sistema de tubos de vidrio, depósitos y válvulas controladas por sensores y microprocesadores, que adopta la apariencia de un organismo y, como tal, filtra el líquido para eliminar el lodo antes de devolverlo a su lugar de origen, no sin antes pasar un tiempo dentro del mismo, lo que permite la creación de bacterias y microorganismos. Sin duda, un proyecto atractivo y que establece una relación armónica con su entorno. Una pena que la puesta en escena no ayude al lucimiento de la pieza ni a la comprensión intuitiva del proceso, a diferencia, por ejemplo, del pabellón de Olga Subirós, uno de los más sobresalientes de la edición del año pasado.

También hay representación española en la colectiva ‘With hands signs grow’ en el Palazzo Donà Brusa, en la que exponen Ruth Gómez, Nuria Mora, Daniel Muñoz y Sixe Paredes, bajo el comisariado de Alfonso de la Torre y la dirección artística de Juan Carlos Moya. La exposición parte de las pinturas de Altamira, que sirven de inspiración para cuatro proyectos específicos, desarrollado cada uno de ellos en una sala del palacio para, en conjunto, activar una peculiar reflexión pictórica sobre los lugares que habitamos.

Por otro lado, uno de los acontecimientos más señalados ha sido la restauración de las Procuratie vecchie en la Plaza de San Marco, a cargo del estudio de David Chipperfield, que será la sede de The Human Safety Net, la organización sin ánimo de lucro con la que Generali comienza un programa de ayudas a comunidades vulnerables. Para la ocasión, han inaugurado con una espléndida muestra de Louise Nevelson, artista también presente en la selección de Cecilia Alemani, que confirma las correspondencias entre ciudad y Bienal, como ocurre en el Museo Peggy Guggenheim.

Al lado de las Procuratie vecchie está una de esas joyas que no siempre son apreciadas por el turista medio y que es la tienda Olivetti diseñada por Carlo Scarpa, que en esta ocasión ofrece un aliciente adicional: la complicada pero lograda simbiosis de un espacio arquitectónico tan especial con las obras de Lucio Fontana y Antony Gormley.

Y como era de esperar, también está presente Ucrania en los eventos colaterales con la artista Zinaida en la Associazione Spiazzi, cuyo trabajo se configura en torno al aislamiento, exhibiendo contextos caracterizados por la ausencia de mujeres. Ello se suma al Future Generation Art Prize @ Venice 2022 en la Scuola Grande della Misericordia, organizado por la Victor Pinchuk Foundation, con sede en Kiev, que este año ha ganado la sugestiva pieza del artista afgano Aziz Hazara, también presente en el proyecto ‘Penumbra’.

Estas son algunas citas dentro de un amplio programa en la ciudad donde es difícil elegir, si no se dispone de mucho tiempo. Sin embargo, antes de aumentar la lista de exposiciones, lo interesante es reflexionar sobre el modelo cultural que se está creando. En pocas palabras, tener el sello de la Bienal tiene un precio que muchas fundaciones están dispuestas a aceptar, como forma de ingresar en un sistema del arte que está encumbrando, aún si cabe más, Venecia como destino turístico de alta cultura y del arte contemporáneo.

En efecto, dentro de los eventos colaterales están presentes fundaciones como la Parasol, en el Conservatorio, la Boghossian, en el Palazzo Contarini Polignac, la ABA Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso, en el Palazzo Cavanis, la Starak Family, en el Palazzo Querini, la Kukje Art and Culture, en el Palazzo Tito, la EMGdoART, en el Palazzo Zen, o la Odalys y la Signum, en el Palazzo Donà Brusa, entre otras. Y sería aburrido enumerar aquellas otras instituciones que se visten de evento paralelo para aprovechar la inercia de la Bienal, del Decentral Art Pavilion, situado en el Palazzo Giustinian Lolin, a la Tom Of Finland Foundation, en el Studio Cannaregio, por citar dos ejemplos. Lo retomaremos en la parte final del artículo para observar el tipo de ecosistema que está emergiendo de todo ello.

NEVELSON BIENAL VENECIA
Louis Nevelson: 'Persistence'. Procuratie vecchie. Foto: Pedro Medina

 

Grandes exposiciones

Es obligado empezar por el Peggy Guggenheim. Aún diría más, sería conveniente partir de aquí para entender el inicio de la Bienal de Cecilia Alemani. ‘Surrealismo y magia. La modernidad encantada’ es, sin duda, una de las muestras que ha despertado más expectación y cuya visita no decepciona, debido a la calidad de las obras expuestas y la consistencia curatorial desarrollada por Grazina Subelyté, a partir de lo que fue su tesis doctoral. Descubre como constante en muchos surrealistas, además de la inspiración en la esfera onírica, otras fuentes como el esoterismo, la magia y el universo alquímico como forma de renacimiento tras la experiencia bélica, favoreciendo una trayectoria revolucionaria que parte de la transformación individual de los artistas. Destaca, además de alguna obra clásica de la colección como los cuadros de Max Ernst, la relevancia de mujeres como Leonora Carrington, Remedios Varo o Leonor Fini. Coincide pues con la Bienal, aunque aquí son expuestas de una manera más articulada y evidente, al mismo tiempo que se aleja de cualquier sensacionalismo, gracias a un montaje sobrio al servicio de la historia mientras favorece el diálogo entre sus protagonistas.

Además, las otras dos que han generado más ruido mediático han sido la intervención de Anselm Kiefer en el Palacio Ducal y la presencia doble de Anish Kapoor, que colaboran a aumentar las frecuentes demostraciones de poderío –por no hablar de músculo económico y tendencia a la espectacularidad– de la que suele hacer gala la Colección Pinault, y de la que fue su máximo exponente la muestra de Damien Hirst en 2017.

En el caso de Kiefer, hay que destacar que es un proyecto específico para la Sala dello Scrutinio del Palacio Ducal, con un carácter monumental indudable y con la fuerza expresiva de la que es capaz quizás el pintor vivo más importante. En esta ocasión explota nexos entre Oriente y Occidente, la historia de Venecia y el ‘Fausto’ de Goethe –como confesó el día de la inauguración–, manteniendo intacta la intensidad de otras ocasiones, como aquellas realizadas tras los pasos de Paul Celan, si bien ahora la inspiración procede de las palabras de Andrea Emo: «Estos escritos, cuando serán quemados, finalmente darán un poco de luz», que se proyectan sobre nuestro presente, para que seamos conscientes de la vulnerabilidad de estos momentos.

Por otro lado, Kapoor ha desembarcado en Venecia a lo grande, con una exposición comisariada por el director del Rijksmuseum Taco Dibbits, que se desarrolla en dos sedes: la Accademia y el Palazzo Manfrin –a partir de ahora la nueva sede del artista anglo-indio–, que en conjunto ofrece su retrospectiva junto con algunas piezas nuevas en ese negro casi puro que es el vantablack, que ya mostró en el Palazzo Fortuny en 2015. En efecto, el corte dado se centra en ensalzar la imagen de su investigación como un cruce entre arte y ciencia, al mismo tiempo que no oculta su fascinación por la materialidad de las obras y una serie de recursos que buscan la emoción del espectador.

Otra cita dentro de ese cruce de disciplinas es ‘Human Brains’ en la Fondazione Prada, que pretende identificar los momentos clave en la historia de la exploración del cerebro humano, convertidos ahora en “historias” donde relato y descubrimiento se abrazan. Este enfoque es fruto de una investigación seria, aunque puede quedar algo superficial bajo este formato expositivo. No obstante, incluso si predominase esta idea, merece la pena la visita por el diseño expositivo, que tiende a construir una atmósfera evocadora a través de la modificación de la arquitectura del palacio, que busca dar continuidad al discurso y construir un sorprendente foro en el que participan varios especialistas de distintos ámbitos de saber.

Para gustos diferentes, el gran encuentro con la artesanía de alto nivel en ‘Homo faber’, organizado por la Michelangelo Foundation for Creativity and Craftsmanship, con sede en Ginebra, que apoya el mundo de la artesanía contemporánea en clave de inclusividad y sostenibilidad. Son 15 las exposiciones celebradas en los espacios monumentales de la Fondazione Cini en la isla de San Giorgio, teniendo en común muchas de ellas la posibilidad de rastrear las afinidades entre las tradiciones italiana y japonesa.

Además, ya que se visita la isla de San Giorgio, merece la pena ‘On Fire’, con obras de Yves Klein, Alberto Burri, Aman, Jannis Kounellis, Pier Paolo Calzolari y Claudio Parmiggiani, para comprobar la creación que puede surgir de la fascinación por el fuego. Esta exposición comparte protagonismo en la Fondazione Cini con Kehinde Wiley, quien pretende mostrar «la brutalidad del pasado colonial, americano y global, usando el lenguaje figurativo del héroe caído». Como se puede apreciar, la isla reproduce en una escala más reducida ese crisol de disciplinas y argumentos que luego se repite, declinado de otras maneras, a lo largo de la ciudad en una inacabable sucesión de eventos.

Siendo así, no es de extrañar que sean muchos los clásicos con exposiciones en Venecia, de Emilio Vedova y Arnulf Rainer a Joseph Beuys, o la aparición de comisarios populares como Nicolas Bourriaud, aunque algunas de ellas pueden resultar algo decepcionantes. En cambio, sí hay que rendir homenaje a la obra del recientemente fallecido Hermann Nitsch, cuya muestra en la Giudecca está centrada en el ‘20. Malaktion’, es decir, la vigésima acción pictórica presentada en Viena en 1987, que queda ahora como expresivo testimonio de su importante legado.

Por otro lado, una vez ahí, queda muy cerca el Giudecca Art District, con galerías como Michela Rizzo, con obras de Antoni Muntadas y Hamish Fulton, entre otros, los pabellones de Georgia y Honduras, y más encuentros en torno al tema ‘Humanabilia, dal Mirabilis alla Téchne’.

Otro de los lugares que suele ser una parada obligada es la Fondazione Querini Stampalia. Este año está “ocupada” –más que entrar en diálogo– por las obras de Danh Vo, Isamu Noguchi y Park Seo-Bo, delicadas, esenciales y bonitas, pero que no llegan a tener la fuerza de otras intervenciones en este mismo espacio, como la que llevó a cabo Mona Hatoum en 2009.

Está claro que estas últimas exposiciones no pueden competir con otras como las de Kiefer o Kapoor, pero no es impedimento para que sigan extendiéndose por la ciudad, para mayor gloria de alguien. Entre las muestras con pretensiones de ser ‘blockbuster’, cabe señalar la presencia de la grotesca ‘Commedia Umana’ de Ai Weiwei en Ca’ Rezzonico –que ya estuvo en las Termas de Diocleciano–, la publicitada ‘My Stories’ de Carole Feuerman en la iglesia della Pietà y, por supuesto, las exposiciones de la Fundación Pinault con Bruce Nauman en la Punta della Dogana (ya coincidente con la Bienal arquitectura de 2021) y la de Marlene Dumas en el Palazzo Grassi.

En este punto, hay una pregunta que se vuelve pertinente: ¿cuántos de estos artistas trabajan con los espacios tan excepcionales que acogen su obra? De los anteriores ninguno o muy vagamente alguno de ellos, igual que ocurre descaradamente en otros proyectos como el de Marc Quinn en el Museo Arqueológico, siendo exposiciones que podrían estar en cualquier otro sitio. Sin embargo, tratar ambientes con una arquitectura e historia tan peculiar como si fueran simples contenedores de lujo es algo que deberían replantearse los comisarios de estas exposiciones. De no hacerlo, se desaprovecha una oportunidad extraordinaria de realizar un trabajo site specific en un contexto tan rico de posibilidades, pero sobre todo se contribuye a la construcción de una Venecia como no-lugar intercambiable por cualquier otra meca del arte contemporáneo; con más glamour, sí, pero despreciando en el fondo aquello que tiene de especial, más apreciado por su valor de mercado o turístico que por el artístico o histórico.

En cambio, hay dos proyectos que, sin trabajar tan intensamente la localización como en los pabellones de Alemania o España, sí que han llevado a cabo una loable intervención específica, convirtiéndose en dos de las mejores sorpresas de este año. El primero es la sobrecogedora instalación de Pedro Cabrita Reis en la iglesia de San Fantin. Se trata de un esplendoroso escenario en ruinas, que transmite la sensación de un paisaje que ha sido radicalmente desestabilizado, como si un terremoto o un bombardeo lo hubiera ocasionado. Sin duda, el resultado es monumental, gracias a que el artista portugués sabe manejar con maestría el contraste con el entorno en el que se inserta.

Además, se ha de celebrar la continuación del proyecto ‘The Soul Expanding Ocean’ (#3 y #4) en la iglesia de San Lorenzo. Igual que el año pasado, la comisaria es Chus Martínez, con la participación de la Thyssen-Bornemisza Art Contemporary Academy. En esta ocasión las dos conmovedoras instalaciones son de Dineo Seshee Bopape y Diana Policarpo, que construyen logrados ambientes donde dar voz al océano y sus historias, al mismo tiempo que permiten albergar diversas acciones, compatibilizando una buena puesta en escena con performances más llamativas, como la llevada a cabo por el Studio Drift con drones.

Por último, entre las novedades con visos de continuidad, destacan ‘Penumbra’, comisariado por Alessandro Rabottini e Leonardo Bigazzi para la Fundación In Between Art Film –institución que ha producido la pieza de Janis Rafa presente en el Arsenale–, en la iglesia de Santa Maria dei Derelitti, con un proyecto fílmico sobre la “semi-oscuridad”. También la conversión del Palazzo Fortuny en un museo exclusivo sobre el pintor español, descartando su uso como lugar de intervenciones contemporáneas, como ha ocurrido en otras ocasiones. Sin olvidar La Toletta spazio eventi, que pasa de ser el almacén de la famosa librería a un espacio expositivo dedicado exclusivamente a fotografía. Estos últimos son ejemplos de espacios que se transforman y de dinámicas que se consolidan dentro de una constelación de relaciones que comentamos a continuación.

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Pedro Cabrita Reis: 'Field'. Iglesia de San Fantin. Foto: Pedro Medina

Venecia: ecosistema cultural

Sabido es que el país con mayor patrimonio UNESCO en el mundo logra mantenerlo con suma dificultad, de ahí que necesite recursos privados. Asimismo, hay que considerar la metamorfosis de una ciudad cuyos habitantes son cada vez menos, sobre todo, en comparación con la masa de turistas que la visitan, atendiendo los servicios e infraestructuras de la ciudad más al habitante efímero que al ciudadano. Por ello, es normal que desde hace tiempo distintas instituciones (públicas y privadas) y, cada vez más, marcas hayan entrado a patrocinar eventos y rehabilitaciones de palacios e infraestructuras.

Entre los primeros, es manifiesto el apoyo de Swatch a la Bienal o, por ejemplo, la colaboración de Bottega Veneta para el programa de performances vinculado a la exposición de Bruce Nauman en la Punta della Dogana.

Dentro de las obras de restauración de inmuebles, todos los años asistimos a la reapertura de algún espacio, como ha sido Palazzo Vendramin Grimani, gracias a la Fondazione dell’Albero d’Oro, constituida en 2019, y donde ahora se puede contemplar la obra del artista mexicano Bosco Sodi. Este es un fenómeno que se aceleró a raíz del desembarco de grandes fundaciones, especialmente la Colección Pinault, con significativas intervenciones arquitectónicas, como las realizadas por Tadao Ando. Otras le han seguido desde entonces, convirtiéndose en una meta deseada para muchas de ellas. Entre las más destacadas de los últimos años, están la Vedova, Prada, Louis Vuitton o V-A-C Zattere, que venía produciendo varias de las exposiciones y proyectos de investigación más interesantes; como el ‘network’ internacional con decenas de instituciones implicadas en un laboratorio interdisciplinar que pretendía pensar una ‘Non-Extractive-Architecture’, y cuyos resultados no hemos podido comprobar al cerrar también sus puertas tras la invasión rusa.

Las dos nuevas de mayor calado son la citada de Anish Kapoor, para establecer su fundación en el Palazzo Manfrin, y también el Berggruen Institute en el Palazzo Diedo, ambas en Cannaregio, que dan un nuevo impulso a esta zona con la promesa de convertir estas sedes en lugares de investigación creativa.

Por otro lado, con menos espectacularidad que Kapoor, pero con un discurso estratégico centrado en el territorio, una de las operaciones que más han llamado la atención ha sido la realizada por la Fondation Louis Vuitton. No ha sido precisamente por la exposición en su sede, que acostumbraba a elaborar discretos pero muy cuidados proyectos de investigación, dejando lugar este año a una más efectista muestra de pintura expandida con la obra de Katharina Grosse. Su singularidad reside en haber dado un paso adelante en su presencia e implicación con el contexto gracias a dos acciones. En primer lugar, el rescate de muchos kioscos antiguos como espacio para los llamativos ‘travel books’ de Vuitton durante el período de la Bienal, volviendo este proyecto de librería efímera una operación de publicidad, pero también de salvaguardia del patrimonio. Hecho que es confirmado, en segundo lugar, por la financiación de la restauración de los magníficos mosaicos de Ca’ d’Oro.

Es obvio que estas ayudas pueden ser muy positivas para la conservación de la ciudad, aunque hace falta analizarlas para evitar la excesiva mercantilización de la cultura o incluso que quede comprometida la cotidianidad de las instituciones locales y los residentes, porque puede potenciar los problemas ligados a la turistificación; máxime cuando algunos museos corren el riesgo de convertirse en lugares en alquiler más que en centros de revalorización de sus colecciones.

Por ello, hace falta hacer un balance de lo contado hasta ahora, para examinar la oferta cultural en relación con un espacio tan fascinante como el veneciano, para entender si seguimos hablando de una ciudad o de un lujoso parque de atracciones cultural. Para ello, quizás la propia Bienal indique un camino entre el emprendimiento privado y la construcción de valores sociales, activando esa “responsabilidad” que reclamaba Roland Barthes al disertar sobre el turismo de masas, pues hay que considerar la «irresponsabilidad ética del turista» frente a un ciudadano que se mueve según normas y que se debe al lugar en el que vive.

En definitiva, hace falta pensar las ciudades turísticas precisamente para evitar que se arruine aquello que genera fascinación en el viajero. En caso contrario, en el horizonte se perfila un triste destino, su “disneyzación”, que bien podría resumir una frase escuchada a un turista y que generó el estupor del personal de un vaporetto: «¿a qué hora cierra Venecia?».

Probablemente la Bienal es una de las instituciones que ha propiciado la creación de un gran laboratorio cultural. Desde él se puede reivindicar la especificidad de una ciudad que siempre ha sido un lugar cosmopolita de encuentro y un foro para debatir ideas, porque aún son posibles algunas utopías, siempre y cuando el mercado no hipoteque nuestros sueños.

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